Publicado el 6 May, 2013

¡Mamá, mamá! ¡Llegué a la NASA!

El Caltrain corre por las vías desde San Francisco hacia Palo Alto con un silencio que sorprende. El paisaje es idílico: un lago a mi izquierda y el sol a punto de esconderse tras las montañas a mi derecha.

 

Esa es la sensación constante desde que llegué a esta zona de California hace 5 días: todo está perfectamente planeado, organizado y ejecutado. Acá se vive dentro de un Truman Show, sólo que este Truman trabaja en Silicon Valley, en una empresa de tecnología y tiene menos de 30.

 

Estoy volviendo de la última actividad de un programa organizado y financiado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en Singularity University, una institución educativa fundada por Ray Kurzweil y Peter Diamandis hace 5 años. SU tiene como misión ofrecer programas de formación en los que personas de todo el mundo puedan ponerse al día sobre los últimos avances tecnológicos en múltiples disciplinas de boca de quienes han sido, en muchos casos, sus artífices. Invitan a sus alumnos a pensar e implementar soluciones que tengan real impacto en la vida de las personas. Aspiran a “mejorar la vida de 1000 millones de personas en los próximos 10 años”. Ambicioso.

 

La primera sensación que tuve durante los 3 días del programa fue el asombro. Asombro por las cosas que siempre tuve la sensación de que iban a suceder pero no sabía que ya estaban sucediendo. “El futuro ya llegó, es sólo que está inequitativamente distribuido”, dicen aquí. La segunda cosa que me pasó fue sentirme abrumado por la catarata de información que fuimos recibiendo en las largas jornadas que pasamos en las dependencias de Singularity, dentro de una base de la NASA.

 

Fuimos sometidos a un bombardeo de datos que nuestra cabeza se esforzaba por absorber como si quisieran que nos quedara muy claro eso de que la tecnología avanza en forma exponencial pero nuestro cerebro razona en forma lineal. Innovación, disrupción, eficiencia, democratización, desmaterialización: los cambios en el mundo se aceleran; y se aceleran, pareciera ser, más rápido de lo que estamos preparados para asimilar.

 

Durante las exposiciones de los distintos oradores recorrimos las sorprendentes novedades en el campo de temas como biotecnología, medicina y energía. Vimos como los costos de la energía y la tecnología bajan a una velocidad tal que no sería descabellado pensar que, al fin de la década, fueran prácticamente gratis. Después de todo, quien iba a pensar que la enciclopedia más grande y completa del mundo, Wikipedia, sería gratuita cuando hace 30 años una enciclopedia de 12 tomos costaba un promedio de 400 dólares.

 

Aprendimos sobre robots que ya pueden hacer casi cualquier tarea específica mejor que un humano. Y eso incluye manejar: el auto creado por Google ya recorrió más de 300.000 kilómetros por las rutas y calles de California sin que haya tenido que tomar el volante un ser humano. Cuando nos mencionan un artículo periodístico que indica que Apple instalará 1 millón de robots en sus plantas en China en los próximos 3 años, se nos hace evidente que estamos en un punto de inflexión. El cambio que se viene será profundo y afectará la vida de todos los habitantes del planeta, para bien y para mal.

 

Según World Hunger Education Service, en este momento hay 925 millones de personas que pasan hambre en el mundo. Si esta revolución puede servir para eliminar este hecho trágico que elegimos ignorar todos los días, bienvenida sea. Pero hay un mal antecedente: desde el año 1995 hasta hoy se ha incrementado el número de personas con dificultades para alimentarse en más de 150 millones. Quiere decir que la eficiencia en la producción de alimentos, por ejemplo, no está llegando a la población de mundo que más lo necesita.

 

Por otra parte, cuando en una de las charlas, Andrew Hessel, biólogo e informático, nos cuenta que su trabajo es descifrar, entender y manipular el ADN para poder crear “virus que funcionen como aplicaciones en tu cuerpo” y el día de mañana puedas “curar una enfermedad o mejorar un aspecto específico de tu cuerpo inyectando un virus programado en un laboratorio” es claro que se presentan frente a nosotros dilemas éticos que tendremos que resolver.

 

Se acerca un futuro impensado donde el individuo tendrá mucho más poder y abundancia de recursos. De nosotros depende lograr, con estos avances tecnológicos, un mundo más justo y con menos sufrimiento para todos.

 

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